UNA IGLESIA QUE BRILLA
Hch. 2:42-47; 4:23-35.-
Encuentro Nacional de las AA. HH. - Salou 2.005
Resumen intervención de Federico Aparisi
El propósito del Señor es que su Iglesia brille. Su declaración es terminante: “Vosotros sois la luz del mundo” Y para que comprendamos en qué medida espera que seamos luz, nos compara con “una ciudad asentada sobre un monte que no se puede esconder” (Mat. 5:14-16) . Se espera que seamos luces bien visibles, de forma que cuantos nos rodean “vean nuestras buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos”.
La iglesia no puede conformarse con menos de lo que su Señor tiene para ella. Si queremos orientarnos en el camino a seguir, si queremos saber lo que Dios espera de nosotros, lo tenemos muy fácil, basta con dirigir la mirada a nuestros orígenes.
Allí en Jerusalén vemos cómo se desenvuelve la iglesia recién nacida. Apenas si había tenido tiempo de profundizar en la doctrina de los Apóstoles. Sin embargo, “la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma” (Hch 4:32). Todos tenían un mismo sentir y un mismo pensar.
Fue más tarde cuando el apóstol Pablo tuvo que enseñar y exhortar a vivir esta verdad a las iglesias de Éfeso (4:3) y de Filipos (2:4-8). ¿Qué tenía aquella primera iglesia que la distinguía de esa manera?. De todos es sabido lo difícil que resulta alcanzar y mantener la unidad espiritual en las iglesias, y mucho más, tener una misma forma de pensar.
Sin embargo, sentir válido para Dios solo hay uno, y el apóstol nos exhorta a seguirlo junto con los filipenses; “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:5). De igual modo, solo hay una verdad ¿porqué tanta disparidad entonces?, ¿porqué tanta lejanía?, ¿por qué tanta discrepancia?, ¿quién tiene la razón y quién está equivocado?, ¿nos faltará la debida disposición para aprender?, ¿nos faltará humildad?, ¿nos faltará que juntos vallamos al Señor en oración pidiendo que nos enseñe? La Palabra de Dios nos llama a vaciarnos de nosotros mismos y llenarnos de “toda la plenitud de Dios” (Ef. 3:19)
Según leemos en los Hechos, la iglesia primitiva reunía dos cualidades que la llevaba a ser lo que era:
Un misma comprensión del mundo material.
“ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía” (Hch. 4:32). Esta actitud hacia los bienes materiales era realmente novedosa y revolucionaria. Estaban poniendo en práctica lo que Cristo les había enseñado: “No os hagáis tesoros en la tierra... sino hacéos tesoros en el cielo... porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6:19-21). “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (24)
Dice también la Escritura que “no había entre ellos ningún necesitado” , porque los que tenían posesiones las vendían y aportaban el dinero al fondo común que administraban los apóstoles. Lo más hermoso de todo esto es que los apóstoles no mandaron a nadie vender cosa alguna, eran decisiones libres y voluntarias. Nos lo demuestra el caso de Ananías y Safira. Cuando a Pedro le fue revelado el engaño, les dijo: “¿Reteniéndola (la heredad) no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba en tu poder?(5:4), o como dice otra versión; ¿Acaso no era tuyo antes de venderlo? Y una vez vendido, ¿no estaba el dinero en tu poder? Es decir, nadie te ha pedido que vendas, ni nadie te ha dicho cuánto tienes que dar.
No se trataba por tanto de una obligación, la de vender, que impusieran los apóstoles, sino de decisiones personales ante una situación de necesidad. Así vemos que, salvo excepciones (Ananías y Safira), la iglesia no estaba dominada por el amor a los bienes materiales. ¿Lo está la iglesia de nuestros días? ¿Cuántas necesidades hay hoy en la obra del Señor sin cubrir?
También se distinguía
porque tenía una misma comprensión del mundo
espiritual.
Solo el Espíritu de Dios puede hacer la obra de Dios a través de nosotros. El Señor ya lo había anticipado, “separados de mi nada podeis hacer” . Por eso les mandó que no se fueran de Jerusalem hasta que no recibiesen el Espíritu Santo. Eso implica que no podían iniciar el ministerio encomendado de ir a toda criatura con la buena nueva, hasta que fueran llenos del Espíritu. “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.. y fueron todos llenos del Espíritu Santo” (2:1,4)
La iglesia primitiva tenía la lección bien aprendida; o Dios edifica, o en vano trabajan los que edifican. Dios obra o no hay quien obre. El Señor Jesús también lo había enseñado con su ejemplo y con su palabra “Mi Padre hasta ahora trabaja y yo trabajo” (Jn. 5:17). ¿Cuánta obra de Dios hay hoy entre nosotros y cuánta obra de hombres?.
La vida espiritual para ellos implicaba obediencia, fe, testimonio, y sobre todo, dependencia del poder de Dios. Es así que vemos a Pedro ante el cojo diciendo: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”.
La iglesia oraba y
era llena del Espíritu Santo una y otra vez (4:31). Su
vivencia espiritual era su prioridad.
Los apóstoles lo expresaron de forma clara, “no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (4:20). El temor de Dios estaba en ellos (2:43 y 9:31). Dios era real en sus vidas. Estaban llenos del E. Santo, (2:4; 4:31) quien les fortalecía en todo. (9:31)
¿Cómo trabajamos nosotros? ¿Estamos llenos del Espíritu Santo? ¿Somos dirigidos por el Espíritu y usados por él?, ¿o trabajamos en nuestras propias fuerzas?
Las consecuencias de aquella forma de vivir eran evidentes: “El Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (2:47)
¡SEÑOR, LLENANOS DE TU SANTO ESPIRITU!

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